Pablo Palacio y su obra: olvido, rescate y ¿sobreexplotación?
Del rechazo literario a la sobreexplotación editorial: un recorrido a través de la obra vanguardista de Pablo Palacio y su paso del olvido a la consagración como un pilar indiscutible del canon literario ecuatoriano.
SALA DE ENSAYOS
Mauricio Montenegro
10/20/202614 min read


Durante décadas, el escritor Pablo Palacio y su obra fueron apartados del lugar de las figuras representativas de la literatura ecuatoriana de la primera mitad del siglo XX. Los personajes de sus cuentos nada tienen que ver con los montubios o indígenas, cuya cruda realidad intentaba ser retratada por quienes consideraban la literatura como el medio para denunciar las precarias condiciones en las que vivían esos grupos sociales.
Algunos trabajos intentaron rescatar del olvido la figura y la obra del escritor lojano. Entre ellos destaca el de Benjamín Carrión, quien ya había escrito en su Mapa de América (1930) una reseña positiva acerca de los primeros escritos de Palacio, centrada en el tema del humor y lo que él llamaría «el descrédito de la realidad». Para 1951, en El nuevo relato ecuatoriano vuelve a analizar su obra, esta vez concentrándose en Vida del ahorcado, publicada en 1932. En los años sesenta, Alejandro Carrión haría un esfuerzo de características similares cuando prologó el primer intento de obras completas del lojano, cuya edición estuvo a cargo de Jorge Enrique Adoum. En contraste, Agustín Cueva durante años consideró abiertamente a Palacio como un autor de «segunda línea» tanto a nivel nacional como continental, cuya obra no tuvo repercusión en las letras ecuatorianas hasta ser apadrinado por los escritores de los años setenta y, según su criterio, para los años noventa ya había sido olvidado casi por todos: «Debe estar en muchas bibliotecas, pero dudo que haya largas filas haciendo turno para leerlo. También es conocido de un círculo de especialistas, mas no creo que esa sea la gloria para un escritor» (Cueva 1993, 167).
Cabe preguntarse cómo ha sido el tránsito editorial de la obra de Palacio (más bien escasa en comparación con la de otros escritores) a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, y examinar cómo su obra y figura pasaron del olvido a una posible sobreexplotación.
Primeros escritos, recepción de su obra y esperanza socialista
La primera aparición de Pablo Palacio en la literatura ecuatoriana de los años veinte ocurrió cuando, siendo un muchacho de colegio, ganó un concurso con el cuento «El huerfanito». Entre los jueces del certamen estaba Benjamín Carrión, que percibió que en Palacio existían señales de quien más tarde se convertiría en el escritor que, «salió a hacer la literatura más atrevida —de contenido artístico y temático— que se haya hecho en el Ecuador» (Carrión 2006, 237). Irónicamente, esas críticas serían, en parte y de manera involuntaria, las causantes de la incomprensión o comprensión incompleta de la obra de Palacio.
Años después, no sin antes haber logrado publicar varios cuentos en la revista lojana Inquietud (1923), Palacio se trasladó a Quito. Para entonces, gracias a la intervención tanto de Carrión como del poeta Jorge Carrera Andrade, logró incorporarse al círculo de intelectuales de la capital y publicar en diferentes revistas —tan novedosas como efímeras— algunos de los relatos que pasarían a formar parte de su primer libro: Un hombre muerto a puntapiés. Entre estas revistas la que más destaca es Hélice (1926), fundada por el pintor Camilo Egas. Esta publicación sirvió como el mejor soporte para exponer el pensamiento de los jóvenes escritores ecuatorianos y las consignas de su estética.
Hélice desapareció después de apenas cuatro números, pero en cada uno de ellos se publicó un cuento de Palacio, el único narrador del grupo, conformado por poetas. Fueron esos mismos jóvenes quienes a la muerte de la revista fundaron el Partido Socialista Ecuatoriano, en cuyo proyecto Palacio participó activamente. Esta propuesta política surgió como alternativa e impugnación al régimen liberal postalfarista. Los jóvenes de clase media que se habían beneficiado del proyecto educativo impulsado por el primer liberalismo «emergen como impugnadores de dicho régimen […], asumen el liderazgo de las luchas revolucionarias organizadas en la actividad de los nacientes partidos de izquierda» (Fernández 2000, 469).
Los participantes de Hélice no dejaron de tomar en cuenta un factor fundamental para una lectura política de la obra de Palacio: «A partir de entonces, las preocupaciones de los jóvenes radicarían en elaborar un arte que estuviera de acuerdo con las premisas de su pensamiento político» (Fernández 2000, 489). El proyecto palaciano se enrumbaría en los rieles del vanguardismo estético-político, nacido dentro de grupos culturales «que pretendieron romper las modalidades de producción artística vigentes y se encontraron con la necesidad de quebrar todo un régimen político y social» (Beigel 2003, 39). En este contexto, en enero de 1927, se publicó Un hombre muerto a puntapiés, en la Imprenta de la Universidad Central.
Criticar a la sociedad a puntapiés
Con su primer volumen de cuentos, Palacio se propuso estremecer a la sociedad ecuatoriana, en sus palabras, «a punta de risa». En todos estos personajes que ridiculiza, Fernández (2000) encuentra los reflejos de aquellos pensadores ecuatorianos que no dejaban de afinar sus teorías con base en modelos externos, pero que no correspondían a la realidad ecuatoriana y, por lo tanto, resultaban inaplicables.
El primer libro de Palacio provocó diversas reacciones. A pesar de que no toda la crítica parece haberlo favorecido —«La opinión pública la recibió con estrépito. Fue juzgada apasionadamente» (anónimo citado en Palacio 2000, 433)—, la vanguardia ecuatoriana acogió con alegría la obra del autor de apenas veinte años. Pero sucedería algo aún más importante: la obra de Palacio logró internacionalizarse. Un par de ejemplos: Jorge Reyes le dedicó una reseña en forma de poema en la revista peruana Boletín Titikaka (febrero de 1927). Una crítica positiva se publicó también en la cubana Revista de Avance en abril de ese mismo año, donde el autor publicaría algunos cuentos en números posteriores.[1] Lo que destaca aquí no es solo la recepción positiva que tuvo su obra en circuitos internacionales, sino también el hecho de que, gracias a estas críticas, es posible ubicar a Palacio dentro de un entramado latinoamericano —tanto literario como editorial, aunque incipiente— que estaba al tanto del desarrollo de una propuesta distinta de la de los exponentes del realismo social.
Débora y el ataque frontal al realismo
A finales de ese mismo año, Pablo Palacio, que localmente ya era el centro de atención de los círculos intelectuales, publica lo que él catalogaría como «novela ultrarromántica»: Débora. Sin dejar de lado su tono satírico y burlón, acusa sin empacho al realismo y expone ante el lector su principal falencia: presentar como real algo que nunca dejará de ser ficción:
A partir de 1928, la producción literaria de Palacio se presenta de manera más esporádica. Cuentos y poemas se publican en distintas revistas, pero no serán recuperados en un solo volumen hasta el aparecimiento de las primeras Obras completas (que distaban de serlo) en 1964. El humor de los trabajos anteriores del autor se torna cada vez más ácido y la creación de atmósferas oníricas y opresivas empieza a presagiar lo que será Vida del ahorcado.
En 1930 se publicó el Mapa de América de Benjamín Carrión, donde, como se dijo anteriormente, dedica un apartado a Pablo Palacio y realiza un análisis de sus dos libros. Se trata de una crítica bienintencionada que marcará ciertas pautas con las cuales se examinaría la obra del lojano durante años.
Los últimos años de creación literaria: ¡Que se lo ahorque!
En 1931, en un contexto histórico convulsionado, la revista lojana Hontanar (1931-1932) incluyó algunos capítulos de Vida del ahorcado. Este fue también el año en el que el Partido Socialista sufrió una fuerte resquebrajadura; sus miembros más radicales se separaron de él acusando la ausencia del proletariado en sus filas y un exceso de intelectualismo. Escritores pertenecientes al Grupo de Guayaquil se unieron entonces al flamante Partido Comunista, cuyo eje se localizó justamente en esa ciudad. Como apunta Jorge Reyes y de lo que se puede inferir de la correspondencia con Carrión, Palacio se encontraba muy afectado por la situación crítica del país; la escisión del Partido Socialista le desagradaba y, mientras sus compañeros de generación aún confiaban en que de estos años inestables surgiría la revolución tan esperada, un aura de pesimismo lo envolvía: «…Todo esto es una porquería. […]. Aquí todo es inútil. […]. La política, a la porra. Y las y los proletarios, a la porra. ¿Para qué toda esa comedia? Aquí los pobres, ¡los pobres pobres!, les llaman a los socialistas ladrones» (Palacio 2006, 345). A pesar de los sinsabores que le propinaría la política ecuatoriana, el lojano jamás dejaría de ser un partícipe de ella y lo que terminaría abandonando sería su proyecto literario, que culminaría en noviembre de ese año con la aparición de la controversial Vida del ahorcado (Talleres Gráficos Nacionales).
Los mismos círculos que pocos años antes habían recibido a Débora y Un hombre muerto a puntapiés con emoción mostraron reparos con respecto a la nueva novela. La mencionada escisión del Partido Socialista implicaría también un distanciamiento entre las vertientes literarias. En esos años el realismo no solamente había cobrado fuerzas, sino también ganado adeptos, entre los que se destaca Hugo Mayo, mientras las vanguardias históricas sobrevivían en la provincia de donde era originario Palacio: Loja. Su novela aparecía entonces como la propuesta más fuerte, más atrevida y una de las últimas de este grupo, que poco tiempo después quedaría marginalizado ante la contundente arremetida del realismo indigenista y el aparecimiento de su mayor representante, Jorge Icaza.
Vida del ahorcado es la novela de la angustia; sus páginas rezuman un humor refinado y definitivamente ácido; con esta, su herramienta predilecta, Palacio ataca a cada una de las instituciones sociales: el arte, la educación, las luchas políticas y revoluciones… nada se salvará de la corrosiva mirada del autor. La novela, fragmentada y de trama dispersa, en un inicio aparenta ser el diario de Andrés Farinango, pero las fechas van perdiendo sentido hasta finalmente desaparecer; a la par, el personaje se enfrenta a una realidad que lo asfixia, lo intimida y, finalmente, lo consume: «Vida del ahorcado ha de explorar la realidad ya no desde las excepciones, como en Un hombre muerto a puntapiés, ni de las normas, como se ve en Débora, sino del vacío, de la tambaleante angustia del que se halla en ese precario e indefinible umbral entre un mundo que acaba y otro que aparece» (Robles 2008, 62).
Después de Vida del ahorcado, Palacio abandona la literatura definitivamente. En los documentos que se han logrado rescatar jamás precisa por qué decide alejarse de las letras. Dirigirá sus esfuerzos a la filosofía, las leyes, la traducción y, sobre todo, a la política. Nunca dejará de militar en las filas del Partido Socialista. Su labor como docente universitario fue destacada y se complementó con sus contribuciones periodísticas en diarios como La Tierra y El Día. En 1938 es elegido Secretario Segundo de la Asamblea Constituyente; según testimonios de Alejandro Carrión, mientras desempeñaba estas labores empezó a presentar síntomas cada vez más pronunciados de la demencia que terminaría consumiéndolo. Para 1943, ya desahuciado, se lo trasladó a un sanatorio de Guayaquil, donde pasó recluido hasta inicios de 1947, cuando falleció.
A la posteridad, a punta de risa
A partir de los sesenta se iniciaron los primeros intentos de recuperación de la obra palaciana con la publicación de las primeras Obras completas (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1964). Los tzántzicos se declararán sus herederos, en parte porque apreciaban su obra, pero también porque intentaban desligarse de los fantasmas del indigenismo. Agustín Cueva le dedicará también varios artículos a lo largo de su obra ensayística, los cuales siempre tenderán a minimizarlo. Al pasar por alto la firme propuesta de crítica a la sociedad burguesa presente en la obra de Palacio, Cueva terminó desvinculando al autor de sus contemporáneos realistas y ayudó a crear la ficción de que ambas propuestas literarias no tenían nada en común.
Actualmente, en el ámbito local e internacional (aunque de manera más acotada),[2] Palacio es reconocido como uno de los mejores escritores de la primera mitad del siglo XX y, a pesar de que su obra no es extensa, continúa suscitando múltiples interpretaciones. Aunque la proyección de su trabajo en el extranjero dista de haber culminado, los análisis de María del Carmen Fernández y Celina Manzoni, por ejemplo, han contribuido a este propósito.
Palacio, como tantos otros, fue marginalizado dentro una marginalidad aún mayor: la literatura ecuatoriana; durante unos años fue casi invisible. Pero la lucidez de su propuesta —tanto en el plano social/político como estético— revisada hoy en día resulta tan crucial como en los años en los que se publicó: «Acaso, si hoy se leyera su obra con un prisma diferente y desapasionado, podría comprenderse que las disecciones minuciosas de las miserias burguesas de la subjetividad fueron más eficaces y auténticas que las toneladas de realismo bien intencionado» (Ruffinnelli citado en Palacio 2000, 445).
¿Del olvido a la sobreexplotación?
El temprano alejamiento de la literatura por parte de Palacio y su posterior enfermedad dieron como resultado una obra potente, pero escasa. A partir de la recuperación de los tzántzicos, en décadas posteriores se han publicado diversas obras completas del autor, algunas de las cuales incluyen ciertos añadidos que reflejan los públicos a los que se dirigen las editoriales que se han hecho cargo de esta labor. En el caso de Editorial El Conejo, se cuenta con las Obras escogidas (2002), un volumen que recoge las tres obras principales del lojano, prólogo de Abdón Ubidia y preguntas de Julio Pazos; es decir, se trata de una edición dirigida al público estudiantil de bachillerato.
Algo similar sucede con las Obras completas (2005, tercera reimpresión) de Libresa, que incluye poemas, artículos periodísticos y relatos publicados fuera de Un hombre muerto a puntapiés. Cuenta con un estudio de María del Carmen Fernández y se trata de una edición económica también dirigida a alumnos de secundaria. La Campaña Eugenio Espejo por el Libro y la Lectura cuenta con Obras escogidas (2018). Al ser un esfuerzo de difusión de la literatura a nivel nacional, se trata de una edición sobria y de calidad, pero que no ofrece ningún tipo de material adicional. Un esfuerzo particularmente notable fue el realizado por la Universidad Alfredo Pérez Guerrero, que por el centenario del nacimiento de Palacio (2006) preparó una edición de las obras completas en pasta dura que incluye fotografías de la vida y las primeras ediciones de las novelas y cuentos, correspondencia, artículos de Benjamín y Alejandro Carrión y traducciones de algunas críticas a la obra de Pablo Palacio de los años treinta. Por último, es preciso destacar la edición crítica (2000) a cargo de Wilfrido Corral, publicada por editorial Sudamericana, con pasta dura, papel de lujo y que incluye un dossier y diversas lecturas por parte de críticos nacionales y extranjeros. Este quizás constituye uno de los esfuerzos más grandes por examinar a profundidad la obra de Palacio, pero lamentablemente es la más difícil de conseguir en el país.
En este punto, es preciso preguntarse si en lo que va del siglo XXI no se ha pasado del rescate a una posible sobreexplotación de la obra de Palacio. ¿Cuántas obras completas o escogidas del autor lojano se necesitan realmente? ¿Cuál es el aporte real de cada una al estudio de su literatura? ¿Se ha dejado a un lado a otras figuras relativamente olvidadas, como Humberto Salvador o Hugo Mayo, en el afán de reeditar los cuentos y novelas cortas de Palacio una y otra vez?
Quizás sea el momento no de volver a olvidar la obra de Palacio, quien sin duda se merece el lugar que ocupa en el canon literario ecuatoriano, pero sí de abordarla de una manera diferente, desde otros ángulos. UDLA Ediciones ha dado un paso importante en este sentido con la publicación de Estampas, brujerías y cuentos de Pablo Palacio (2023), una edición de lujo que tiene como eje central algunos cuentos del lojano, que sirvieron de base para la creación de grabados a cargo de talleristas de la Estampería Quiteña y de Alfara Estudio (España). El resultado es una colección de obras artísticas que se relacionan con la obra de Palacio, pero que se pueden leer de manera independiente. En UDLA Ediciones se tomó la acertada decisión ya no de volver a reproducir la obra de Palacio, sino de resignificarla al relacionarla con las artes pictóricas. Este debería ser el derrotero que tome la obra del escritor lojano a futuro (sea en cómic, novela gráfica y otros formatos) para mantener su vigencia en la actualidad.
[1] «Pablo Palacio, el intenso cuentista quiteño [sic], es casi totalmente desconocido en Cuba. Sin embargo, pocos escritores hispanoamericanos parecen tan bien dotados para dejar una huella indeleble en las letras hispánicas. Su libro de cuentos Un hombre muerto a puntapiés —libro recién llegado a algunas manos cubanas— es una poderosa y violenta revelación» (Revista de Avance, 3, La Habana, 15 de abril de 1927, 61).
[2] Se pueden revisar, además de los artículos que constan en la edición crítica a cargo de Wilfrido Corral (donde se incluyen ensayos de críticos de la talla de Gilda Holst, Noé Jitrik o Celina Manzoni), reseñas en periódicos argentinos, por ejemplo, «La vanguardia de los monstruos» de Patricio Lennard.
Referencias bibliográficas
Anónimo. 1928. «Pablo Palacio. Self-made man». Revista Renacimiento 3-4: 187-190. En Obras completas, Pablo Palacio, 433-435. París: Editorial Sudamericana.
Beigel, Fernanda. 2003. El itinerario y la brújula. El vanguardismo estético-político de José Carlos Mariátegui. Buenos Aires: Biblos.
Carrión, Benjamín. 1930. «Pablo Palacio». En Mapa de América, Madrid: Sociedad General Española de Librería.
Cueva, Agustín. 1993. «Collage tardío en torno de l’affaire Palacio». En Literatura y conciencia histórica en América Latina. Guayaquil: Letraviva / Planeta.
Escudero, Gonzalo. 1926. «Hélice». Hélice 1, 26 de abril. En El realismo abierto de Pablo Palacio en la encrucijada de los 30, María del Carmen Fernández. Quito: Ediciones Libri Mundi.
Fernández, María del Carmen. 1991. El realismo abierto de Pablo Palacio en la encrucijada de los 30, Quito: Ediciones Libri Mundi.
———. «Pablo Palacio y el contexto sociocultural en el Ecuador de los años 20 y 30», en Obras completas, Pablo Palacio, 527-583. Editorial Sudamericana: París, 2000.
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Palacio, Pablo. 2000. Obras completas. París: Editorial Sudamericana.
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———. 2018. Obras escogidas. Quito: Corporación Campaña de Lectura Eugenio Espejo.
Pérez, Dulce, Sonia Kraemer, Jorge Izquierdo, Paulina Guarderas, Pedro Villalba y Pablo Palacio. 2023. Estampas, brujerías y cuentos de Pablo Palacio. Quito: UDLA Ediciones.
Reyes, Jorge. 1943. «Presencia y ausencia de Pablo Palacio». Revista del Mar Pacífico, 3.
Robles, Humberto. 2010. «Paradigmas ecuatorianos (1920-1930): discordias, teorías, función de la literatura y práctica narrativa». Revista Guaraguao: Jorge Icaza, Pablo Palacio y las vanguardias latinoamericanas 14 (33): 17-30.
Ruffinelli, Jorge. 2000. «Pablo Palacio: retrato de un precursor maldito». En Obras completas, Pablo Palacio, 444-446. París: Editorial Sudamericana.
Mauricio Montenegro, (Quito, 1985) es editor, corrector y escritor. Su primer libro de cuentos, Jaulas (La Caracola Editores), se publicó en 2021. En 2023, fue coautor de Cuerpario (Hipopótamo Ediciones). Junto con Alejandro Gordillo, es editor de la revista digital Mil Machetes. Actualmente, está trabajando en obras que combinan la ilustración con la escritura literaria.
Lo vergonzoso está en que de esas mentiras dicen: te doy un compendio de la vida real, esto que escribo es la pura y neta verdad; y todos se lo creen. Lo único honrado sería decir: estas son fantasías, más o menos doradas para que puedas tragártelas con comodidad; o, sencillamente, no dorar la fantasía y dar entretenimiento a los John Rafles o Sherlock Holmes. ¡Embusteros! ¡Embusteros! (Palacio 2006, 80).




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