La oficina como figura literaria. Una lectura a partir de la obra de la obra de Pablo Palacio, Humberto Salvador y Jorge Icaza
En el caso de Jorge Icaza, la figura del burócrata se combina con el de la identidad mestiza fraudulenta para resaltar a este personaje como un proyecto incompleto y fallido, incapaz de superar sus prejuicios.
SALA DE ENSAYOS
Jorge Luis Cáceres
3/15/202611 min read


Una lectura a partir de la obra de la obra de
Pablo Palacio, Humberto Salvador y Jorge Icaza.
Buscar un espíritu unificador en las propuestas narrativas de la generación de escritores de los años 30 resulta una tarea ardua por la cantidad de crítica y comentarios que vuelven ambigua esta categorización de principios y de ideales propios de una literatura menor como la ecuatoriana. El propio Jorge Icaza, en su ensayo, “Relato, espíritu unificador, en la generación del año 30”, reclama la falta de compromiso de los estudiosos e intelectuales ecuatorianos, “acostumbrados al comentario y al estudio de valores individuales y aislados en la historia de la literatura ecuatoriana, quienes no lograron captar e interpretar a su debido tiempo y en su justa perspectiva el carácter unificador, en actitud y espíritu” (Icaza, 1966, p. 211) asociado a los grandes temas, como la forma mestiza, la emoción telúrica y los contornos de la personalidad hispanoamericana. Icaza menciona que este espíritu unificador bullía en los tres grupos de escritores ecuatorianos que estaban ubicados en Guayaquil (José de la Cuadra, Joaquín Gallegos Lara, Demetrio Aguilera Malta, Enrique Gil Gilbert y Alfredo Pareja Diezcanseco), Quito (Fernando Chávez, Humberto Salvador, Jorge Fernández, Enrique Terán y Jorge Icaza) y en el Austro (Humberto Mata, Alfonso Cuesta y Cuesta, Ángel F. Rojas y Pablo Palacio), pues a pesar de las diferencias regionales, “latía un fondo unificador” (Icaza, 1966, p. 212) en un país que se encontraba en desarrollo, conformando una sociedad que buscaba un destino en lo político, económico y, por qué no decirlo, en lo literario, donde las capitales montuvias, cholas e indias incorporaron la presencia de lo nacional en nuestra literatura, o como lo han afirmado críticos extranjeros: “incorporó nuevas capas sociales hispanoamericanas en función de personajes de novelas y de cuentos, que obligaron al escritor a crear un nuevo estilo interpretativo y por consiguiente un nuevo estilo expresivo” (Icaza, 1966, p. 212).
En este ensayo, tomando en cuenta el espíritu unificador del que tanto habla Icaza, interesan el mensaje y la figura literaria de la oficina que encontramos en las obras de Palacio, Salvador e Icaza, teniendo en cuenta la cantidad de horas que un ciudadano promedio invierte en este sitio en la actualidad y la caracterización estática, rutinaria y deshumanizadora que provoca el ser un número más dentro del sistema. En la mediana edad, cuando el desencanto de la cotidianidad ha ingresado por la ventana de forma abrupta y sin permiso, es cuando nos damos cuenta de que hemos desperdiciado buena parte de nuestro tiempo en largas horas de rutinas tediosas consagradas por el concepto del “éxito” que nos obliga como especie a buscar el bienestar económico a ciegas y de manera angustiosa. Saramago ya lo dijo en su discurso de aceptación al Premio Nobel, cuando en 1999 predijo que el hombre cambiará de miedos y dejarán de ser conceptos abstractos para ubicarse en lo más cercano, que es el miedo a perder el trabajo, el miedo a no contar con una jubilación digna, con algo que necesariamente vendrá desde un espacio a veces sórdido y lúgubre como una oficina. El burócrata es un ser anodino, un punto en la ciudad, algo que divaga sin rumbo, pero que en el mundo actual sigue siendo tan necesario como lo fue en los siglos XIX o XX. Una persona atada a un escritorio y a un espacio vital que lo consume como una pesadilla. De no ser así, piensen en las horas, días, meses y años que una persona promedio pasará encerrada en complejos de oficinas teniendo un trabajo mecánico, porque no todos —y esa es la trampa— van a ser directores o asesores de alto nivel con grandes viajes y reuniones interminables.
Las visiones urbanas de Icaza, Palacio y Salvador están dominadas por el desencanto. Mauricio Ostria, en su ensayo “Jorge Icaza y Pablo Palacio: divergencias convergentes”, señala que existe un “malestar ante la civilización urbana, por un cruel sentimiento de incertidumbre, donde prevalece una sensación de extrañamiento y alienación ante la cultura urbana y burguesa, mediante un conjunto de paisajes urbanos por lo regular desolados y sombríos” (Ostria, 2010, p. 169). Estos escritores, al igual que muchos otros, evidencian en sus textos su conflictiva relación con su entorno, que convierte al ser humano en un individuo atomizado; como señala Abdón Ubidia respecto a la vida en la ciudad: “la nueva ciudad anula las formas comunitarias más arcaicas. Y fabrica soledades” (Ostria, 2010, p. 170). Estos autores evocan la figura del mal; en ella se plasma también la figura literaria de las instituciones corruptas y los disfraces que deben utilizar los personajes para estar un poco más cómodos en medio de territorios donde abundan la mentira, el fingimiento, la hipocresía, la mediocridad, el egoísmo y la crueldad.
Palacio, en Un hombre muerto a puntapiés, no muestra directamente la figura de un oficinista definido, pero sí evoca la figura de la justicia como una institución (plagada de oficinistas) ridiculizada por el protagonista, quien sonríe bajamente ante la terrible burla de buscar justicia en un país donde no importan estos valores. Para Palacio, el descrédito de la realidad se vuelve un acto normal en su escritura. No es el simple hecho de romper los moldes; es el hecho de evidenciar la anormalidad y dejarla al descubierto, sin intentar cambiarla. Es casi como mostrar la deformidad del mundo y anexar esta deformidad como parte vital del todo.
Volviendo al tema de la individualización de la que tanto y tan bien escriben los escritores de la generación del 30, Ostria menciona que el discurso de Palacio, “trasunta en todo momento lo irreductible de la soledad individual” (Ostria, 2010, p. 172); esa forma tan bien expresada en la figura del teniente en la novela Débora, donde nuevamente, si bien Palacio no habla de un oficinista, sí hace alusión al espectro que esta figura representa en lo rutinario de la acción que emplea el teniente en la obra. Palacio objeta a las instituciones sin darse tiempo para ubicar a sus personajes dentro de un espacio concreto.
En la obra de Humberto Salvador, En la ciudad he perdido una novela, publicada en 1929, como rescata Wilfrido H. Corral, Salvador emplea un símbolo oscuro propio de la literatura de los 30 para definir a uno de sus personajes, Alberto Villacrés, quien es un solícito empleado público que deambula por la ciudad (cúmulo de esperpentos) en busca del amor y de una mujer (el ideal de única mujer como en Palacio). La oficina lo convierte en un ser autómata. Para Wilfrido H. Corral, la coincidencia en los temas tratados por Palacio y Salvador desemboca en que “los dos autores no solo piensan, sino que escriben la ciudad, haciéndolos contemporáneos de alguien como el argentino Roberto Mariani y sus Cuentos de oficina (1925)” (Corral, 2001); de igual modo los une “el asombro ante los elementos de la modernidad, y la abulia y frustraciones que ya comenzaban a causar en esa época” (Corral, 2001). Parecería que Salvador, siendo abogado de profesión, odiaba el mundo del ciudadano promedio; aquí un fragmento de su novela dedicado a Alberto, el personaje principal de la obra En la ciudad he perdido una novela y puede funcionar como alter-ego del mismo Salvador, pues es un personaje que reniega del mundo moderno y de la vida rutinaria:
En Salvador podemos observar la figura del oficinista, un burgués que se “alegra por redactar como ningún otro en el Ministerio acuerdos y decretos” (Salvador, 1996, p. 148). El sarcasmo también se hace presente en su obra cuando menciona que Alberto se enorgullece de las tres o cuatro veces que ha sido felicitado por algunos subsecretarios debido a la redacción de sus oficios. Salvador evidencia en la figura de Alberto a un autómata, incapaz de percibir la realidad sin antes penetrar al terreno de la locura (si entendemos por locura el hacer rutinariamente todos los días lo mismo, como un acto perpetuo y sin escapatoria). La locura como figura es otro punto unificador en la obra de Salvador y Palacio, ya que, para este último, “la locura purificada por el arte, es elevada a una de las categorías máximas de acercamiento a la realidad” (Palacios, 2002, p.77).
Salvador profundiza en la psiquis del personaje cuando lo dota de anhelos inalcanzables. Alberto “sueña tal vez en algún magnífico negocio, que se ahoga dentro de su cerebro” (Salvador, 1996, p. 148). Esta línea posiblemente nos adentra en los sueños de este personaje, tan vulgar como su propia condición y tan desechable como el trabajo que lo ata. Es un juego que Salvador nos plantea con la realidad, el personaje del oficinista es tan real que Salvador tiene que aniquilarlo de su novela para que esta funcione. Sobre Alberto dice Salvador:
En el caso de Jorge Icaza, la figura del burócrata se combina con el de la identidad mestiza fraudulenta para resaltar a este personaje como un proyecto incompleto y fallido, incapaz de superar sus prejuicios, como lo hace el personaje de Pablo Cañas en Mama Pacha. Pablo Cañas es el antecedente directo de Luis Alfonso Romero y Flores. Realiza la misma función de burócrata: “de mozo cholo con ínfulas de patrón” (Icaza, 2006, p. 244). Icaza nos muestra en Mama Pacha, por primera vez en la literatura ecuatoriana, el escenario y la acción que se desarrolla en una oficina pública como tal, cuando Pablo Cañas es visitado en su trabajo por un indio que viene a darle la noticia de la muerte de Mama Pacha.
Como veremos más adelante en la descripción de personajes de la novela El chulla Romero y Flores, Icaza deforma o caricaturiza a sus personajes; en el caso de Mama Pacha, lo hace con la figura del teniente político, quien es jefe de Pablo Cañas. A su vez, Icaza nos proyecta la acción de un oficinista en su rutinario mundo cuando Pablo Cañas es enfrentado a su secreto y se encoleriza al saber de la muerte de su madre:
¡Carajooo! ¡Indiaaa! ¡Nadie sabe… Nadie!, se tranquilizó el mozo en reacción inmediata de mala fe reintegrándose con diligencia burocrática a sus papeles, al libro de multas, a las impertinencias del jefe bigotudo que no dejo de mirarle con cierta sospecha… (Icaza, 2006, p. 245).
Alan Sackett señala que en Icaza “el disfraz cholesco a veces es lingüístico. Como en la novela El Chulla Romero y Flores. El burócrata D. Ernesto Morejón Galindo habla con el tono de su cinismo habitual, encubridor de ignorancia y chabacanería cholas; afán desmedido y postizo por rasgar las erres y purificar las elles” (Sackett, 1988, p. 754). En el mismo ensayo, Alan Sackett señala que Luis Alfonso se mimetiza en la ciudad utilizando varios disfraces chullescos de otros oficinistas mostrados de forma caricaturesca, como el papel de fiscalizador incorruptible, o como el vecino de escritorio, o como el de director-jefe.
Icaza nos muestra el símbolo de la máscara y del disfraz para encubrir el verdadero sentimiento del mestizo. Alan Sackett señala que “el cholo se esconde bajo su disfraz para ocultar su aborrecido dualismo, lo que caracteriza la vida colectiva del conjunto de seres enmascarados, una especie de mala comedia nacional” (Sackett, 1988, p. 755). Volviendo a la figura de los oficinistas, para Icaza la clave está en la deformación de los rasgos que definen a sus personajes. En El Chulla Romero y Flores, los oficinistas son definidos por su carácter desigual, o por su cinismo exacerbado que recae en la figura de Morejón y Galindo, “ese inveterado donjuán que saca la cuenta de sus conquistas como si fueran copas de licor y que domina a los empleados atemorizándolos con la mayor arbitrariedad” (Tauzin, 2005, p. 2). Isabelle Tauzin, en su ensayo “Lo grotesco en El Chulla Romero y Flores”, nos presenta un muestrario de estas figuras, vistas desde los ojos del protagonista de la obra: el viejo Gerardo Proaño, vecino de escritorio, piel requemada, bigotes alicaídos, pómulos salientes, humilde comodín para encubrir faltas ajenas. Marcos Avendaño, nariz aplastada, boca hedionda, gangoso y estudiante de derecho a largo plazo. José María Chango, pestañas y cejas cerdosas, lunares negros en la quijada, en la frente, taimado servilismo” (Tauzin, 2005). En esta brevísima descripción podemos palpar cómo la acumulación de calificativos despectivos tiene un papel fundamental para ironizar en el texto; para Icaza, y lo dice en su novela: “la burocracia es una comedia donde todos son conscientes de hacer bien su papel”.
En resumidas cuentas, y tomando en consideración lo dicho al inicio de este ensayo sobre la cantidad de horas que un ciudadano promedio transcurre en la oficina, y asumiendo el espíritu unificador de la temática abordada por los autores citados, podemos decir que para todos, desde su literatura, los oficinistas forman “parte de un medio degradado donde todos son longos, chullas futres, hijos de guiñachishca, en definitiva cholos no más” que deambulan por la ciudad enmascarados y atados al valor del dinero y las apariencias.
Jorge Luis Cáceres, escritor, premio nacional de literatura Joaquín Gallegos Lara.
Bibliografía:
Corral, Wilfrido H. “Humberto Salvador y Pablo Palacio: política literaria y psicoanálisis en la Sudamérica de los treinta”. En Crítica literaria ecuatoriana: hacia un nuevo siglo, compilado por Gabriela Pólit Dueñas, 251-305. Quito: FLACSO Sede Ecuador, 2001.
Icaza, J. (1966). Relato, espíritu unificador en la generación del año 30. Revista Iberoamericana.
Icaza, J. (2006). Cuentos completos. Libresa.
Ostria González, M. (2010). Jorge Icaza y Pablo Palacio: Divergencias convergentes. Revista Guaraguao.
Palacio, P. (2009). Un hombre muerto a puntapiés / Débora. Editorial Final Abierto.
Palacios, Ángela. (2002). La figura del mal en la narrativa de Pablo Palacio, Revista Andina de letras Kipus.
Salvador, H. (1996). En la ciudad he perdido una novela, Libresa,
Sackett, T. A. (1988). Metaliteratura e intertextualidad en la última ficción de Jorge Icaza. Revista Iberoamericana.
TAUZIN, I. (2005), Lo grotesco en El Chulla Romero y Flores, Revista de Crítica Literaria de Cultura.
Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más…
Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah?
–Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas…
El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles. Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró al fin.
Y se portó muy culto:
–Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero…
Eso sí, con cargo a devolución –me dijo, moviendo de arriba a abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñándome gozosamente sus dientes amarrillos
(Palacio, 2009, pp. 44–45).
Su vida, matemáticamente, sigue una línea recta. Se levanta a las ocho. Se lava y viste. Desayuna. Va a la oficina. Sale a las doce. Diez minutos de charla en el “Parque de la Independencia”, carrusel de la burocracia, o en los portales, sobre los negocios públicos. Almuerza. Vuelve a las dos y media al trabajo. Las noches y los domingos pasa en casa, oyendo llorar a sus hijos o peleando con su mujer (Salvador, 1996, p. 148).
Nada tiene de interesante. Es uno de tantos. Si todos son iguales a él en esta casa, será inútil el viaje. Forzosamente tendré que aniquilar a Alberto (Salvador, 1996, p. 149).
En la penumbra del recinto, tibia en olores guardados que tapizaban las paredes mal blanqueadas y el piso de ladrillo –viejas y renovadas emanaciones de archivo de amarillento papel de oficio, de sudor de indios huasipungeros, de pánico de múltiples injusticias–, el señor teniente político un ser de mirar complejo hasta el sarcasmo de la insolencia, de bigotes de caricatura barroca de fines de siglo, de actitudes violentas –restos sádicos de militar en goce de retiro–, se informaba de sus futuras sentencias y resoluciones en el saber ágil y un tanto ladino del señor secretario. (Icaza, 2006, p. 244).
Uno de esos pocos maniquíes de hombres hechos a base de papel
y letras de molde, que no tienen ideas, que no va sino como una sombra por la vida: eres teniente y nada más.
Débora, Pablo Palacio.
Nada tiene de interesante. Es uno de tantos.
Sin todos son iguales a él en esta casa, será inútil el viaje.
Forzosamente tendré que aniquilar a Alberto.
En la ciudad he perdido una novela, Humberto Salvador.
En la burocracia, desde luego, todo es comedia y
todos están sumamente conscientes de hacer bien su papel.
El Chulla Romero y Flores, Jorge Icaza.
Es por eso que eres vulgar. Uno de esos pocos maniquíes de hombres hechos a base de papel y letras de molde, que no tienen ideas, que no va sino como una sombra por la vida: eres teniente y nada más (Palacio, 2009, p. 112).
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