Frankenstein o el viajero que no volvió
Es cierto que Frankenstein comete un triple asesinato, que ello merecería la misma pena que la desafortunada Justine y no es extraño que eso suscite una “furia enceguecedora”; pero Frankenstein no tuvo albedrío sobre su concepción ni sobre su abandono, tampoco sobre la reacción de las personas ni el aislamiento resultante. Él no controló las circunstancias que lo volvieron un monstruo.
MIRADAS
Bolívar Lucio
4/13/202610 min read


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El pasatiempo de elección de un apesadumbrado Víctor Frankenstein era adentrarse en el lago, levantar los remos y dejar ir el bote para escuchar el chasquido del agua contra la madera. No había nadie alrededor y sentía que el paisaje lo alejaba, por un momento, de la irremediable pesadilla. Imágenes como esta hay varias en la novela de Mary Shelley y, aunque el cine ha popularizado la idea de que es el nombre de un personaje de terror, Frankenstein es el apellido de este hombre de genio que sufre por sus propias faltas y porque lo ha encadenado a su naturaleza.
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La autora
Mary ganó un juego en el verano de 1816. No un concurso público, sino un juego de casa, privado. No sé cuál era el premio o si hubo uno, sabemos que la ganadora trascendió en el tiempo, aunque la primera versión de su relato se publicara sin firma. Se sabe de cierto que los otros competidores eran George Byron (poeta romántico y lord británico), John W. Polidori (médico del anterior y creador del primer vampiro moderno en ese mismo juego) y Mary Godwin; Percy B. Shelley (futuro esposo) se limitó a oficiar de juez y Claire Clairmont (hermanastra de Mary) se conformó con estar en el lugar y hora adecuadas. Con 28 años, Byron era el más viejo del grupo y había rentado la mansión Villa Diodati en Cologny, (Suiza); Shelley tenía 24 y ni Polidori o Mary habían cumplido 20. Era junio, desde las terrazas se veía el Lago de Ginebra, pero llovió torrencialmente durante tres días, lo que les obligó a resguardarse en la villa. Durante ese tiempo se retaron a escribir la más terrorífica historia de fantasmas. Se sabe también que el clima fue, en efecto, inclemente (fue el verano más frío en 200 años), pero pienso que el quinteto se contentaba de la mutua compañía. Byron y Claire, así como Mary y Percy habían empezado relaciones, más o menos clandestinas, más o menos toleradas.
Poco antes, Mary había viajado con su familia por el suroeste de Alemania. Cerca de Darmstadt, conoció las ruinas medievales del Castillo Frankenstein. Habría bosquejado una primera versión de la historia en Bath, la pintoresca ciudad de Somerset donde los romanos construyeron baños aprovechando las termas naturales. El cuento suizo se publicó en 1818 y la primera versión editada y firmada por su autora apareció en 1821. Durante el viaje preparatorio, Mary se familiarizó con el relato de un alquimista y anatomista de principios del siglo XVIII de nombre Johann Conrad Dippel que nació en el castillo y habría experimentado con un elixir de la vida en cadáveres. Su vida, como la de Víctor, habría sido también desventurada. Las ciencias alquímicas que aprendió (no las de la electricidad del relámpago) le permitieron reanimar a la criatura. En su relato, el doctor Frankenstein, dice que no revelará el secreto por nuestro propio bien.
El creador
Haciendo uso de un recurso usual de la novela del siglo XIX (lo hizo Bram Stoker en Drácula), Frankenstein empieza con un relato epistolar. El capitán Robert Walton, un explorador del Polo Norte, escribe a su hermana contándole que ha encontrado un hombre delirante casi muerto de hipotermia. Las cartas incorporan un paréntesis que prorroga una tensión que suponemos se resolverá más tarde; o, si se ha resuelto, no lo sabemos aún. De cualquier manera, en este punto el doctor Frankenstein sufre de un abatimiento incurable, deducimos que lo ha perdido todo, que su decisión ha sido irreversible y su determinación fútil. Ha estado viajando o mejor: ha emprendido un viaje para perseguir y vengarse de su criatura. Las últimas páginas de la novela revelan el desenlace del viaje, la ansiedad y la desesperanza acumuladas. El perseguido ha dejado pistas a su perseguidor, como las notas grotescas que dejaba Hyde a Jekyll, como la sombra blanca que mostraba Moby Dick a Ahab. Aunque tampoco sabe si la alcanzará, Walton cuenta a su hermana en otra carta que debido a la dureza del clima y la proximidad de un monstruo, sobre todos los tripulantes, pende la eventualidad de la muerte.
El doctor se ha empeñado en una labor que trajo una revelación insoportable. Creyó que romper el límite de la muerte fue el resultado de su curiosidad, su ética y capacidad de trabajo; pero, a diferencia de Prometeo, no ha querido robar el fuego para entregárselo a los humanos. Quiere hacerlo para demostrar que es posible; su empeño es más egoísta, o al menos más enfocado en un solo punto: la demostración científica y no su consecuencia. Renuncia a todo por casi dos años de trabajo aislado. La envergadura de la empresa, en su cabeza, justifica que se hiciera de partes de cadáveres; es más, con buena lógica dice que, cuanto más grandes sean las partes, por cuestión de proporción, sería más fácil trabajar. Su creación es un gigante de dos metros cuarenta.
Víctor Frankenstein tampoco duerme la última noche. Sin certezas, sabe que está cerca de conseguirlo y no tiene idea de las consecuencias, aunque estén frente a sus propios ojos. Es una lúgubre madrugada de noviembre y su ansiedad es agonía. La lluvia sin tormenta golpeaba con monotonía los cristales de la ventana y la vela casi se había extinguido. En ese momento, con la luz languideciendo, vio el ojo acuoso, opaco y amarillo de su creación, que respiraba inquieto, y no pudo contener una convulsión de las piernas. Víctor se queda sin habla ni reacción. Ve la piel amarillenta, el pelo negro como los labios, los dientes alineados y blancos. Aún sin reaccionar tiene una epifanía: ha fracasado. Nunca grita –como tantas veces en el cine–: “¡Está vivo!, ¡está vivo!”
La criatura
La versión cinematográfica de 1931 optó por silenciar a Frankenstein. La criatura tiene la cabeza plana, electrodos en el cuello y la piel verdosa. Lleva zapatos de plataforma y camina lentamente; podríamos escapar de él corriendo. Desde los años cincuenta aparecieron otras representaciones, pero esta es la versión de la criatura que se popularizó y reconocemos con facilidad. El personaje de la novela es muy diferente. Se trata de un ser articulado, más sensato que Víctor, víctima de las circunstancias y con la inteligencia para aprender, en menos de un año, francés, alemán e inglés. Lee a Plutarco, Goethe y Milton. Entiende su condición, su humanidad compuesta, mucho mejor que su monotemático creador; cuenta que, como Adán, ningún vínculo lo conecta a otro ser en existencia y que no tenía a su lado una Eva que aliviara sus penas.
Este Frankenstein lleva una vida invisible. Acorralado por la conciencia de su apariencia repelente, se esconde; la imposibilidad de que sus pares vean más allá de su figura contrahecha y reconozcan su sensibilidad profunda y compasión, lo atormenta. Como ocurre con los seres que nacen a una adultez huérfana, vive curiosidades insatisfechas; como un niño al que despierta una pesadilla, la primera interacción con su creador los muestra a éste durmiendo y a la criatura mirándolo en silencio del alba. Luego Víctor huye y solo se reencontrarán tiempo después. Frankenstein le relatará cómo ha deambulado a la intemperie de todos los climas y ha descubierto el fuego; narrará su encuentro con una familia a la que espía para entender a los seres humanos y cómo se destrozan sus esperanzas de que lo entiendan. Cuando aparece ante ellos, los aterroriza, y la reacción instintiva de la familia lo lleva a darse cuenta de que quien debió acogerlo, guiarlo en el mundo, lo rechazó. Quiere encontrarlo, exigirle una satisfacción, va a pedirle una sola cosa y luego desaparecería para siempre.
Frankenstein encuentra unos papeles en el abrigo que ha tomado del laboratorio en el que vino al mundo y entiende que necesita dirigirse a Ginebra. Ahí, en un bosque cercano, se encuentra con William, hermano menor de Víctor, y, nublado por el rencor y la venganza, lo mata. Incrimina a Justine –quien trabaja para los Frankenstein– que en consecuencia es ejecutada. Víctor empieza a entender lo que ocurre, pero es incapaz de confesar su parte de la culpa. No muestra demasiado coraje y, en cambio, rema hasta el centro de un lago para pensar y hace largas caminatas en las montañas. Se sabe espiado, siente una presencia y en un glaciar encuentra a la criatura, que le cuenta su historia y le impone la condición de crear una compañera o soportar una venganza destructiva e interminable.
El viaje
El indeciso Víctor asume que el problema podría desaparecer si lo ignora. Cuando el plazo es improrrogable, viaja a Inglaterra y en una isla de Escocia empieza –otra vez en secreto, ahora atormentado– a crear una mujer para Frankenstein. Lo asaltan dudas respecto de la conciencia que podría tener la nueva criatura, que podría devenir otra asesina; pero Víctor no considera que Frankenstein se convirtió en asesino para vengarse de él y que, además, destruye a la criatura femenina, precisamente, cuando Frankenstein aparece para confirmar cómo ha progresado el trabajo. Víctor sabe que ha destruido la última oportunidad de Frankenstein para ser feliz y, pudiendo haber cancelado la catástrofe, escala la violencia. La criatura mata a su amigo Clerval y luego a su esposa, Elisabeth, el día de su boda. Su padre muere incapaz de superar la tristeza y Víctor, otra vez haciendo uso de su sentido de la oportunidad, dice algo que en toda justicia pudo haber dicho su criatura:
“Liberty, however, had been a useless gift to me, had I not, as I awakened to reason, at the same time awakened to revenge”.
Es cierto que Frankenstein comete un triple asesinato, que ello merecería la misma pena que la desafortunada Justine y no es extraño que eso suscite una “furia enceguecedora”; pero Frankenstein no tuvo albedrío sobre su concepción ni sobre su abandono, tampoco sobre la reacción de las personas ni el aislamiento resultante. Él no controló las circunstancias que lo volvieron un monstruo. Tiene la fuerza de muchos hombres, gran agilidad y velocidad, soporta las adversidades del clima, el hambre y la sed; de este Frankenstein sería imposible escapar corriendo. Víctor ha sido víctima de violencia y abusos que habrían destruido a cualquier hombre, pero, al final, cuando ya no importa, cuando ha perdido todo, él es valiente y persigue al monstruo que escapa. Aquí comienza el viaje.
Es comprensible encontrar pasajes en los que los escenarios son cuerpos de agua si la novela se escribió en Bath y a orillas del Lago de Ginebra. Sin embargo, Mary Shelley elige el Polo Norte como el lugar al que huye Frankenstein y desde donde las cartas de Walton recogen la historia. La novela se ambienta a finales de los 1700 (la primera expedición exitosa demoraría todavía un siglo), de modo que la autora plantea una situación imposible; no se trata de un desierto o la cima del Everest que es visible desde el valle o las selvas Amazónicas que se exploraron en el siglo XVI; es un lugar en el que ningún ser humano había puesto pie. Nadie en su sano juicio llevaría un barco de vela al medio de precipicios de hielo que aplastarían la quilla como a una nuez; nadie, por más loco que estuviera, perseguiría en trineos jalados por perros a un superhombre –que no es empecinado como el Frankenstein de Robert De Niro ni invulnerable como el monstruo de Guillermo del Toro– a un lugar en el que la naturaleza, de cualquier forma, tomaría la posta. Sin embargo, es enternecedor porque Frankenstein es lo único que le queda a Víctor; ese odio es lo único que lo separa del suicidio. Cuando el homicida huye a un lugar muerto y el hombre pierde la pista y ni siquiera los campesinos rusos horrorizados lo han visto dice:
“[S]ometimes he himself, who feared that if I lost all trace of him, I should despair and die, left some mark to guide me. The snows descended on my head and I saw the print of his huge step on the white plain.”
En una ocasión que está a punto de darle alcance, se quiebran las placas de hielo y un río de mar helado se abre entre ellos separándolos. A la deriva sobre ese bloque de hielo y el trineo inútil, porque solo sobrevivía un perro, lo encontró el capitán Walton. Víctor accede a ser rescatado porque el barco (que Mary Shelley no nombra) sigue curso al polo. El viaje y la evocación han consumido a Víctor y muere, no sin antes recapacitar y pedirle al capitán que no busque la felicidad en la ambición, sino en la tranquilidad. Walton en otra carta a su hermana le cuenta que se había retirado a su camarote cuando oyó ruidos, una voz ronca que salía de la cabina donde estaba el cuerpo de Víctor. El capitán encuentra a Frankenstein junto al ataúd articulando lamentos de dolor y horror. No le ve la cara porque la cubre una hebra de pelo negro; sí una mano enorme y blanca que estira hacia el muerto sin tocarlo. Se vuelve al ser descubierto y, antes de marcharse, dice que la venganza no lo había reparado y que ahora su fin había llegado también. Asegura que se inmolará en una pira, salta de la ventana a una balsa de hielo y lo desaparecen la oscuridad y la distancia. Walton, impresionado por esta historia y sus personajes, decide abandonar la exploración al Polo Norte y volver a Inglaterra. No sabemos si franqueó las cartas a su hermana en el primer puerto en el que se detuvieron para reabastecerse o si, ya que él volvía, las llevó personalmente.
Bolívar Lucio, sociólogo y politólogo, editor, traductor, productor de contenidos y escritor freelance. En Londres fue seleccionado como tallerista del proyecto Invisible Presence, que reunió escritores latinos residentes en Reino Unido y que participaron en sesiones de interculturalidad, creación, traducción, narrativa y poesía. Ganador del premio nacional de cuento, del Ministerio de Cultura de Ecuador, por su libro Salir de la Isla.


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