Consejos para una cineasta y una reseña de Temporada de huracanes

Fernanda Melchor no traduce, no selecciona; recoge con fidelidad lo pútrido, la atmosfera sexual con la potencia fílmica de una cámara porno: cuerpos que copulan, —por gusto o a la fuerza—, sangre que mana, sudor que casi salpica a los lectores.

RESEÑAS

Andrea Almeida G.

9/5/20264 min read

Para Laura Boada

Es la segunda vez que leo a Fernanda Melchor y su Temporada de huracanes; a diferencia de la primera, ahora he salido del texto más admirada de su destreza técnica para narrar, de los riesgos estilísticos que corre y con los que acierta, de las voces auténticas de sus personajes y, como parte de ese entramado, de su lenguaje coloquial y desparpajo para contar hechos como el feminicidio, la miseria de pueblos invadidos por la violencia y el narco, la violación, la pederastia, la discriminación, los prejuicios y el aborto; en síntesis, el mal. El mal corroyendo vidas humanas y arrojándolas al tacho de la basura.

Algo que siempre me sucede cuando un libro me impacta es que me cuesta escribir sobre él; es como si su su cocción y procesamiento en mi inconsciente tardaran siglos, y tras las dos lecturas todavía no logran asentarse en mí las palabras que me permitan traducir algo de lo que este libro me provoca y las múltiples razones por las cuales no debería pasarse por alto. En mi afán de darle forma a esa cosa incontenible que me arrolla y hace que la piel se me ponga de gallina cuando trato de explicar el libro, le cuento a la Laura, mi amiga la cineasta, sobre mi lectura. Ella anda en busca de historias breves cuyos derechos se puedan pagar para ser llevadas al cine. Le digo que Fernanda tiene un par de series en Netflix sobre Temporada de huracanes y otra denominada “Somos”, que me parece va del mismo tema. Obviamente, la idea no es que se compre a Fernanda, —porque no le alcanza—, sino que tome de ella su capacidad para conjugar elementos mágicos con hechos reales, forjando un territorio en el que la fantasía se teje de modo tan siniestro con la realidad que, al final, no se sabe si hay relaciones causales, si la brujería engendró la desgracia y la muerte, o si simplemente es el curso de los hechos el que desemboca de manera natural en la fatalidad.

Comienzo a contarle la historia a la manera de un cuento infantil, pero le recalco que aquí no podemos decir quiénes son buenos y quienes son malos. Todos son humanos; criaturas frágiles, marionetas a la deriva de sus circunstancias. En Temporada de huracanes hay una Bruja, no como las de los cuentos de hadas, pero parecida; es un personaje temido, amado y odiado en dosis equivalentes. La Bruja es una trans que, como todas las figuras femeninas que habitan este relato, es una muñeca fisurada; mujeres ahogadas por la desgracia de vivir bajo la opresión de otros, parir y morir en un ciclo infinito. De sus favores sexuales se sirven los hombres de La Matosa, mientras que otros la rondan en búsqueda de hechizos: de esos que enamoran, atan y matan.

El escenario —le digo— es un pueblo miserable, como cualquier otro de nuestra cercana geografía; un lugar acechado por la violencia del narcotráfico y la droga, que manifiesta su presencia como un negocio de matones y también como fuga ante de la fealdad del mundo, donde los jóvenes se consumen en un abismo sin fin. Todo se salpimienta con una dosis proporcional de ignorancia que envuelve a la gente en una trama real: buscarse la vida en un pueblo en el que conviven la pobreza, la superstición, la industria petrolera, la prostitución, los prejuicios y la ley del más fuerte.

Sobre los personajes, además de la Bruja, está un tal Luismi —un escuincle drogadicto y pendejo— cuya familia representa los círculos de violencia, y su chica, Norma: una niña de trece años que llega como caída del cielo, está embarazada tras sufrir abusos de su padrastro. Sobre ella conversamos largo rato y le advierto que su voz es un eco que me ha dejado temblando por el abandono, la culpa y todo el dolor que acompaña al relato mientras la niña recuerda, padece y se desangra en la indiferencia de una camilla de hospital. Le sigue una pandilla de amigos tan perdidos en la droga como Luismi y practicantes asiduos de la prostitución. Entre ellos destaca Brando, un adolescente herido cuyo rencor y deseo estallan de forma feroz hasta hacerlo desembocar en el fondo de una celda, como un demonio encarcelado. Brando es el fruto de la descomposición y el olvido: jóvenes sin porvenir convertidos en hombres que empuñan armas, amenazando sus propias vidas y las de otros. El padrastro de Luismi es un títere al servicio del poder, un ser cercenado en su condición corpórea y mental. La madre de Luismi, en cambio, se jugó la carta de prostituta y proxeneta. ¿Acaso existe una senda mejor para una mujer en un lugar así?

Entonces la Laura me pregunta ¿Qué le pasa a la Bruja?, y yo, que no me dejo interrumpir, le digo que no se apresure, que la trama es una bomba de tiempo: enredos de poder, pasiones prohibidas que se desbordan, droga que circula, ambición y falta de propósito. Todo eso al servicio de la historia de la Bruja, difícil de esbozar por su genialidad. Fernanda no traduce, no selecciona; recoge con fidelidad lo pútrido, la atmosfera sexual con la potencia fílmica de una cámara porno: cuerpos que copulan, —por gusto o a la fuerza—, sangre que mana, sudor que casi salpica a los lectores. Le insisto que no puedo decir más, porque es mejor que ella lo descubra por sí misma.

Al final me queda un dolor que proviene de la impunidad, de la escala valorativa que convierte a ciertos seres en productos desechables: una morgue y girones de cuerpos irreconocibles, retazos de existencia de lo que alguna vez fueron seres humanos —la aniquilación total— sucediendo a una velocidad narrativa sostenida y magistral.

Luego le digo a la Laura que, cuando lleve su propia historia de ficción al cine, recuerde algo de ese suspenso de Fernanda Melchor, los rastros que hacen que lo mágico y fantástico se conecten con lo atroz de la realidad y que dejan ver esas grietas por donde aparece toda la humanidad posible: el deseo que trasgrede, el amor que arrebata, la sexualidad que no conoce fronteras y, sobre todo, la sangre, la sangre que hierve en los corazones humanos y cuya fuerza incontenible permite todo el mal del mundo y toda la belleza que la literatura o el cine pueden retratar sobre ese mismo mal.

Andrea Nathaly Almeida Guerrero. Socióloga, le encanta leer a Natalia Ginzburg y escuchar The Strokes, es docente universitaria.

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